Tras la final de Open de Australia disputada ayer en la Rod Laver Arena de Melbourne, en la que Stanislas Wawrinka se alzó con su primer Grand Slam, la sensación que a muchos se nos quedó podría resumirse en la frase que da título a este post.
Lo que parecía un partido propicio para que Nadal se llevase su 14º Grand Slam se terminó convirtiendo en una lección de lucha y respeto hacia el rival del tenista de Manacor, que desde el calentamiento notó molestias en la espalda y que terminaría condicionando de forma decisiva el desarrollo de la final.